La cocina, como he descubierto, es el corazón de la casa. No es solo un lugar para preparar la comida del día, pero también un lugar para fomentar las relaciones. Mi concina española y humilde ha sido una revelación cultural de una manera que nunca podría haber imaginado.
Simplemente dicho, nunca hay una falta de comida en la casa. La despensa está rebosando, a veces la nevera está tan llena que no se puede cerrar la puerta y los cinco quemadores siempre están escondidos debajo de un desorden de cacharros. En la encimera, se siente una jarra ornamentada, llena de aceite que rellenamos cada día de uno de nuestros cuatro jarros de cinco litros de aceite de oliva en la despensa. Mientras la fruta del tiempo se va y viene, nuestra cesta sin fondo de fruta siempre expone una variedad de colores. De las manzanas típicas y los plátanos a las cherimoyas exóticas y las mandarinas siempre presentes, la fruta forma una gran parte de la cultura de la comida española. Otra pieza integral del rompecabezas de la comida en Málaga es la prescencia de los mariscos. Si están fritos o en paella, las frutas del mar nunca faltan en una comida. Por último, no podemos olvidar el vino que mi madre española echa en una cantidad que parece exorbitante, sobre cualquier plato antes de que lo ponga en el horno, diciendo que necesita bautizar su comida porque es “una católica buena”. Todos estos aspectos, además de los ingredientes frescos y el espíritu cariñoso de un cocinero entusiasta, se combinan para hacer un ambiente único de la cocina. De más está decir que, en términos de la cultura de la comida en España, su vaso metafórico rebosa.
En la riqueza de esta cultura de comida, el problema al que me enfrento es que no puedo duplicar los platos individuales o el sentimiento que tienen cuando regrese a los Estados Unidos. Mi madre española no tiene ni una sola receta y no ha usado una receta nunca en su vida. Temo que no importa cuantas horas que paso en la cocina cuando trabaja con prisa, nunca tendría la capacidad de recrear ni estos platos españoles ni la pasión y amor que se pone en ellos. Con frecuencia, me pongo en la cocina, mirando cuando cocina y escuchando cuando se va por las ramas sobre los vecinos o lo que pasó en Mercadona esta mañana. Aunque entré en la cocina con un libro en mi mano, solo pasa unos minutos antes de que me de cuenta de que no leería ni una palabra allí. Revolviendo el arroz con una cuchara de madera en su mano, mi madre española y yo estábamos de pie sobre la cocina, inmersas en la conversación, una vez más.
Lo más importante es que he aprendido que la cocina es un sitio para la conversación. Como puedes imaginar, con la cantidad de comida y la propensión de hablar de los españoles, las comidas duran horas. Sacas la religión y las políticas y te has garantizado otra hora en la mesa. Es con esta conversación que aprenderás sobre los corazones y las mentes de la gente que te rodea. Cuando tienes esta oportunidad maravillosa, siéntate y disfruta de la conversación, y algunas veces el debate, que da comienzo durante la sobremesa. Sin embargo, si tu horario te limita a un bocadillo en marcha o un almuerzo de una mera hora, está de pie en la cocina por un rato, tranquilamente bebiendo tu té a sorbos, y estarás asombrado por lo que puedes aprender. Cada plato tiene una historia, si es el plato que se sierve a un embajador español o el tiempo que el horno se encendió, y un cocinero existe que le encantería compartir estas historias contigo.
Entonces, vete a la cocina. Siéntate con tu familia, española, americana o lo que sea, y habla. Nunca sabes lo que puedes aprender sobre una persona o una cultura hasta que te quedas por un rato en el corazón de la casa. Como dicen “la casa es dónde el corazón está” y en España el corazón reside en la cocina.
~escrito por Marlena y traducido por Lindsey
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